Cigarrillos. Alcohol. Risas. Gritos. Música.
No entiendo.
Ellos se ríen, la pasan bien, se divierten y fingen una amistad que solo se vive a flor de piel en cada sábado a la noche acompañada de una Miller y una caja de Philip Morris. Durante la semana apenas se hablan para organizar el próximo sábado. No parecen amigos...
O al menos para mí.
¿Qué tengo mal? ¿Que hay mal en mí?
¿Por qué no soy feliz como ellos? ¿Por qué no disfruto de un vaso de cerveza con gente que se ríe sin parar? ¿Por qué no puedo entenderlo?
Extraño un mundo que ya no existe a mi alrededor, aquel aire fresco, el viento llevándose las risas de personas que me conocían más que nadie, las anécdotas de infancias que nunca se olvidan y siempre se recuerdan. Extraño un abrazo sincero tras secar la lágrima de nostalgia o tristeza consolada por un corazón que se preocupa más por tus sentimientos que por su hombro lleno de tus mocos.
¿Que le pasó al mundo que conocía? ¿Que le pasó a las amistades de todos los días y a toda hora? ¿Tengo que resignarme a una vida de falsa alegría y mentiras pintadas por maquillaje barato?
No quiero.
No entiendo.
No sé que hacer.
Me comió el mundo, me comió la ciudad y su ruido, su humo gris tapando la vista de aquellos que se encerrados en sí mismos y no piensan en el de al lado. Me comió la vida monótona de la cara pegada al celular y el autoestima medido en likes...
¿Alguien podrá salvarme? ¿Alguien podrá salvarse? ¿Alguien estará intentando salvarse?
No estás enojada con el otro. Aunque quieras descargarte con él/ella. No es su culpa, no es el que hizo florecer esos sentimientos en tu cuerpo y en tu mente, no es el culpable.
Buscás y rebuscas a quién echarle la culpa, simplemente por no admitir y hacerse cargo de que la única persona encargada de sentir sos vos y nadie más que vos.
Si, te enojaste, te pusiste triste, te molestaste, te incomodaste o lo que sea que te pasó, por algo que sucede con otro. Pero no es su culpa. Casi nunca lo es. Sobre todo en el amor.
En nuestra inexperiencia a veces nos enojamos con quienes más queremos simplemente porque no compartimos lo que hace el otro, y a veces no entendemos que no lo hace para molestarte, sino porque le gusta y ya.
El mundo evolucionó, se habla de empatía, de respetar la libertad del otro pero sin lastimarlo, vivimos en una sociedad sensibilizada que no acepta chistes que puedan ofender a ninguna minoría (menos a una mayoría) y eso, a veces confunde los sentimientos.
Para.
Respira.
Solta.
Pero no como dicen esos libros de autoayuda con frases políticamente correctas. Solta de verdad. Aceptemos al otro como es sin darle lugar a lastimarte pero sin caer en controlar ni crucificar las decisiones del mismo. Solta esa soga a la que te estás atando cada vez que te enoja que el otro hace algo a pesar de "saber" que no te gusta. Pensa... ¿te lastima de verdad? ¿Es realmente malo lo que hace? ¿Lo hace porque le gusta o porque te quiere lastimar? Ahí radica la diferencia. Le echamos la culpa al otro todo el tiempo, siempre hay una mamá o un papá que se equivocó cuando éramos chicos y al que culpamos a pesar de ser adultos, sabiendo que fácilmente somos capaces de tomar la decisión de cambiar lo que generó aquellos "traumas". Es más fácil echarle la culpa al otro, que asumir un defecto y luchar por cambiarlo.
Somos libres de decidir todo. De aceptar al otro, de sacarlo de tu vida, de expresar lo que duele, lo que molesta, lo que hace daño. Pero el otro también es libre de replicar, de ser quién es y querer quedarse, pidiendo un poco de lo mismo, de aceptación. A veces el otro no se equivoca, solo hace aquello que no nos gusta y aunque sabemos que no es algo malo, es más fácil enojarse y adjudicarle el "Sabes que no me gusta". No. Solta tus ideas. El otro es libre de ser. Y vos sos libre de querer y aceptar todo lo que te hace querer e incluso odiar a esa persona. Si aceptaste quedarte, abraza todo de él sin apuntar con el dedo cada cosa que te molesta de esa persona. Sino, sos libre de volar. Somos libres de volar,pero también el otro tiene derecho de no estar atado por tus ideas... que pueden ser buen intencionados, pero sobre todo distintos. Y eso es lo que duele y te molesta.
No, no estás enojado con el otro. Estas enojado porque te duele que sean distintos, y eso no es culpa de nadie.
Querido tú:
Estos días te repasé bastante seguido en mi mente. ¿Cómo estás? ¿Cómo estarás? Es algo que me pregunto a diario. Claro que podría intentar averiguarlo pero no. Me odiarías si volviese a acercarme a ti.
Hace dos días le conté de tu existencia a una persona cercana. No podría considerarla una amiga, pero supongo que aún estamos en aquel trámite de conocida-amiga. Creo que nadie más que tú entenderías lo que escribo, ya que fuiste quien me enseñó tan crudamente que los amigos no son cualquier persona que te cruzas en la calle y consigues empatizar un poco. Hay más detrás de todo eso y puedo entenderlo.
Volvamos al tema inicial: volví a contarle nuestra historia a otra persona.
Son casi contadas con los dedos de una mano aquellos que saben de nosotros. Y mucho menos los que creen que lo que nos sucedió fue amor verdadero. Esta parte la comprendo, ya que pocas personas tienen la dicha y desgracia de vivir algo tan fuerte como lo hicimos nosotros.
¿Cómo le explico a alguien que me enamoré de una persona que estaba a kilómetros de mí? ¿Cómo consigo que otra persona crea que dejé morir un amor real por uno al que jamás pude ver en persona?
Nadie más que yo puedo entenderlo. Y digo yo, porque aún hoy en día temo y dudo sobre si sentiste lo mismo que yo. Puedo hablar desde mi experiencia pero no desde la tuya. Desearía poder afirmar con seguridad que sentiste lo mismo y que ambos sufrimos el amor, pero no lo sé. Nunca te pude ver a los ojos para corroborar si aquellos "Te quiero, idiota" eran realmente sinceros o no.
¿Cómo se hace?
Mencionarle tu existencia me lleva siempre a pensar en aquello. En nuestros comienzos, en aquellos primeros mensajes que no podían predecir que meses después originarían los sentimientos más sinceros y fuertes que tuve en mis 24 años.
Que difícil se me hace recordar el pasado. Los primeros días.
¿Alguna vez te habrá vuelto a pasar lo mismo? ¿Estarás enamorado de otra persona ya?
No fuiste un amor cibernético imaginario. Fuimos dos personas reales que pensaban demasiado en el otro. Las horas del día nos faltaban para poder mantenernos en contacto, que es mucho más difícil cuando vivimos en distintos puntos del país.
¿Te acordarás del primer mensaje? ¿De cuándo nos saludamos en aquel grupo de personas que apenas se conocía?
Yo sí.
Me acuerdo de esa noche como si fuese ayer. Me acuerdo de saludarte, de presentarnos, de conversar, de la emoción de hacer nuevos amigos a distancia, después de haber padecido lo triste que resulta a veces confiar en amigos que viven contigo y finalmente te fallan de una manera u otra. Creo que coincidirías conmigo si te digo que pienso que fallarle a las personas que te quieren está en la naturaleza humana.
Allí estaba yo, entrando en una sala imaginaria donde había más de 20 personas con 20 historias propias que contar y conocer. Y entre ellas estabas vos, tan dulce, tan gracioso, tan irónico, sin un nombre en tu contacto para poder reconocerte. Y allí estuve yo, dispuesta a ponerte un apodo que días después utilizarías el resto del año. Ese apodo con el que todos te agendaron y que simplemente surgió por un signo que veía al lado de tu número de teléfono. Hoy en día esa simple palabra aparece una y otra vez en mi mente y me trae más recuerdos que tu nombre real. Quizás me enamoré de la persona que creé con ese apodo y no del real ¿no?
Puede ser, pero realmente quiero creer que no fue así.
Quiero creer que cada palabra fue real. Que tus mensajes eran una copia fiel de quien eras en realidad, que esa persona que cree fue tu yo verdadero que no podía mostrarse en tu realidad.
¿Te acordas cómo ignore tu primer mensaje privado? Yo sí. No me arrepiento porque después fue un tema que nos hizo reír, sobre cómo dejé pasar nuestra primera oportunidad para conocernos. El tiempo nos volvió a dar oportunidad y aquellas charlas son inolvidables para mí.
Recuerdo cada palabra estúpida que nos decíamos. Sin querernos aún, sin saber que íbamos a ser tan importante para el otro. Recuerdo cómo me presentaste (obligaste a leer) tu comic (manga) favorito. La pasión que sobresalía en las líneas que escribías sobre algo tan simple como un dibujo que salía cada sábado a la mañana y te mantenía atrapado en aquella historia. Lo valioso que era para vos que escuche y comparta aquello que te hacia feliz, algo tan simple como un manga japonés que presentaba una historia cruda, distinta, filosófica... como algo tan vacío para algunos podía generar en un joven de 22 años tales pensamientos y reflexiones sobre la vida, muerte, amor, familia, entre otras cosas de las que pasamos horas y horas conversando.
Aquel comic fue el hilo conductor, la excusa perfecta para mantener una conversación diaria que nos mantenía presos del celular durante todo un día.
¿Alguna vez te conté que aquellos "amigos" que tenía en aquel momento, se molestaban porque sonreía más mirando tus mensajes que escuchando sus anécdotas? ¿Cómo sacrifiqué la oportunidad de sanar el vínculo que tenía con la única persona a la que lamento haber herido? No, no te lo conté. No la parte de aquella otra persona, porque eso era demasiado doloroso.
Me estaba enamorando de unas palabras por mensaje de textos y desenamorando de una sonrisa fingida que ya no tenía razón de ser. Sentía más contención por una persona que vivía en una provincia lejana a la mía, que por quien estaba a mi lado hacía años. Tenía más emoción por recibir un mensaje tuyo a cualquier hora del día que por ver a esa persona a la mañana para ir juntos a estudiar.
No soy una persona horrible. Solo alguien que cometió errores. Eso me hace humana. No pude dejar a tiempo a quien ya no sentía lo mismo que yo y viceversa, y no pude darte lo que necesitabas antes de que la situación no diese para más.
¿Pero cómo se lo explicaba? ¿Cómo?
¿Cómo podía decirle que amaba a una persona que no había visto en persona? ¿Cómo le explicaba que el frío que sentía cuando tomaba su mano era inversamente proporcional a la calidez que emanaba mi pecho cuando leía tus buenas noches antes de dormir?
Era imposible que alguien más lo entienda. Que sienta, que escuche, que vea, que no me sucedía nada irreal. Nadie va a entender jamás lo que es un amor a distancia a menos que lo viva. A menos que pase por el calvario y felicidad de levantarse y mirar el celular en busca de un mensaje. O en nuestro caso, en enviarte uno ya que te gustaba que yo también fuera quien iniciara la conversación. ¿Te acordas? ¿Te acordas que me hiciste prometerte que un día te escribía yo primero y al día siguiente vos? Supongo que querías sentir lo mismo que yo sentía cuando me llegaba un "Hola" tuyo... la emoción desbordada, el corazón dando un vuelco, la presión subiendo.
Nadie que no se haya enamorado de alguien que no puede ver va a entender la tristeza de la despedida diaria, de saber que no hay posibilidad alguna de recibir una caricia, el calor humano de quien te provoca mil y un cosas en todo el cuerpo sin siquiera tocarte. El extrañar todos los días, el desear verlo aunque sea una vez... ¡Que jodidamente horrible es esta parte!
¿Te acordas de aquella conversación que tuvimos un viernes a la noche hasta la madrugada? En la que después de pasar horas hablando de música, letras, cantantes y contarnos nuestros gustos musicales, me dijiste que ella estaba lloviendo y te estabas preparando un café... tu amado café. Y tatuaste en mi mente una de las frases más lindas que me dijeron hasta ahora:
"Un café, la lluvia y vos. Sólo con eso debería ser la noche más hermosa de todas."
Ese deseo incontrolable de dejar el mundo por un ratito, de estar con esa persona que te pone la piel de gallina. Esas ganas de huir del ruido y dormir en aquellos brazos que sabes que iban a acallar los gritos y el dolor.
¿Cómo es posible hacerle entender a quien no sabe nada de todos estos sentimientos?
¿Alguna vez le contaste a alguien de nosotros dos?
Espero que sí. Aunque no lo hicieras, no me molestaría. Me gusta imaginar que aunque aquel fuego ya se apagó, aún viven esas cenizas en nuestros corazones. Que si me quisiste como yo te quise a vos, que si sentiste las famosas mariposas que yo sentía cuando me mandabas un audio con tu hermosa voz tierna, esa que no te gustaba porque querías que sea más "varonil" (¿para qué? Si para mí era la voz más linda del mundo). Que si te dormiste imaginando una y otra vez un encuentro, un abrazo, un beso, una caricia. Que si deseaste con tantas ganas que la distancia que nos separaba se acorte de un día para otro y correr a tus brazos para no separarnos jamás. Que aquellas charlas eternas hubiesen ocurrido en persona, tomando un café y discutiendo por todo aquello que el resto ve como aburrido. Sobre libros, filosofía, ovnis, amor, familia, problemas, adicciones, política, economía, utopías, tabúes, cliches...todo aquello que se nos ocurría con tal de seguir juntos un rato más.
Ojala atesores en tu corazón ese video que te envíe bailando, así como yo atesoro en la memoria cada video que conseguí que me mandes tocando tu guitarra, con labios apretados y hombros tensos, casi nunca mirando a la cámara y esbozando muy pocas sonrisas que provocaban que me hiperventile al verlas (cuantas veces habré repetido esos segundos para memorizar tu sonrisa). ¿Sabes cuánto tiempo guarde el video de tus hermanitos peleando? Porque sentí una alegría tan inmensa cuando me compartiste un pedacito de tu vida, de tu día a día. Aquel que no pude compartir nunca con vos.
Ojalá no me odies como me dijiste al final, que no sientas que nunca te quise ni te valoré. Ojala que alguna vez puedas leer estas palabras y saber cuánto te amé. Cuanto me arrepiento de los errores que cometí y de no haber peleado lo suficiente por lo que pudo ser pero nunca llegó a ser.
Nadie va a entender sobre amor a distancia a menos que lo viva. Como vos y yo. Aunque hoy nos separe mucho más que un par de kilómetros.
Siempre en mi corazón.
Soro.
Querido tú:
Te extraño. Tan simple y sencillo, te extraño.
Hoy salí a caminar temprano por la mañana y decidí sentarme en un parque solitario, muy bonito por cierto. Lo primero que pensé fue en lo maravilloso que hubiese sido encontrar aquel lugar contigo.
"Te extraño" le solté al aire, en un susurro triste que hacía tiempo no podía sacar de mi garganta. Deje el viento se lleve cada letra de aquella frase, remarcando con fuerzas mis inútiles ganas de saber de ti.
Previsiblemente un nudo se formó en mi pecho y cual desgarro instantáneo, ahogué un sollozo.
¿Cuánto había pasado ya? ¿Tres meses?
Haciendo lo imposible para no comenzar a la lagrimear en ese lugar, trague saliva y me recosté sobre mi asiento, tapándome la cara con los brazos y deseando que estuvieras aquí. Claramente tenía que evitar que algún curioso que pasara por allí me viera inundar de tristeza ese bonito ambiente que tenía la plaza.
Inmediatamente sentí la nostalgia de aquel sentimiento, puesto que aun estando conmigo deseaba que estuvieses de verdad. Estúpida distancia. Si soy sincera conmigo misma tengo que aceptar que nunca estuviste conmigo en realidad. Solo fue un amor separado por kilómetros que irónicamente no fueron el motivo por el que se terminó algo que nunca llegó a comenzar.
Qué cliché el amor a distancia ¿verdad?
Vos usabas mucho la palabra "cliché" ahora que recuerdo. Eso me hace sonreír a veces, pensar cada tanto en aquellas idioteces que nos dedicamos.
¿Sabes? Ahora, escribiendo esto, no tengo ganas de llorar. Sacando nuevamente mis sentimientos, pienso que no debo ni puedo darme el lujo de seguir llorándonos. Soy yo la que comete continuamente el error más grande al pensarte, la que inunda su mente cada tanto con un maremoto de recuerdos. De vos, de mí, de vos y yo juntos y separados al mismo tiempo. Mirando la luna desde distintos lugares, a cientos de kilómetros pero unidos por el amor que nos tuvimos en aquellos lejanos tiempos.
Hay días que puedo escuchar tu dulce voz hablándome a la distancia, aquella que no te gustaba por ser tan fina pero que rezaba los más dulces "te quiero" que jamás escuché en mi vida. También puedo visualizar aquellos mensajes tiernos antes de dormir, las palabras dulces y tu amabilidad cuando el mundo era cruel conmigo. Lamento muchísimo haber perdido todo aquello por no haber sido directa cuando pude.
Pero ¿sabes? No voy a llorar. O al menos no hasta que termine esta carta.
Esta mañana también sentí un aroma que me partió el corazón apenas lo sentí. No sé de dónde provino, pero lo sentí, ese olor a limón, a ácido... como tu persona. Ese aroma que nunca pude sentir en persona pero siempre imaginé, debido a tu personalidad. Ácido, pero dulce, como nadie, como ninguno. Sí, debes estar pensando que me volví loca.
Pero es que cada cosa que pienso y rememoro cuando te tengo presente me hace entristecer, me hace sentir una cobarde, pensar que jamás tuve la oportunidad de verte, jamás tuve aquel gusto. Más allá de una foto perdida en la memoria de mi viejo celular, o un video mágico en la que resonaba una y otra vez la melodía de tu guitarra acompañada de tu tierna voz cantando con vergüenza mientras intentabas mantener la compostura con un cuerpo tenso y una boca apretada cuando no cantabas.
Oh dios, qué recuerdos. ¿Cómo es posible que tan solo escribirlo me parta en dos el corazón?
Ahí vienen las preguntas... ¿vos no te las haces? ¿Qué hubiese sucedido si no te perdía? ¿Seguirías aquí, ahora? ¿Serías mi única compañía en mi habitual soledad? ¿O habrías encontrado otra excusa para huir?
No, no te enojes por favor. No te culpo, no culpo ni me siento enojada por cada vez que intentaste alejarte de mí, puesto que tenías más de mil y un motivos para hacerlo. Haberme equivocada hizo que pague el precio que correspondía y ahora tu ausencia duele y pesa mucho en mi espalda.
Esas noches de insomnio en las que me acompañabas, ahora son solamente el silencio y yo. Nuestras interminables charlas están perdidas en mi memoria y quizás la tuya, si es que en algún momento del día se te ocurre acordarte de mí.
¿Por qué fui tan cobarde?
Te extraño más que nunca. Más que ayer y menos que mañana...
Pienso una y otra vez en cuanto deseo volver a contactarte. Incluso debo pelear contra mis manos temblorosas cuando les impido llamarte, buscarte, enviarte un mensaje. Por ello decidí hacer esto, escribirle una carta a esa persona que ya no sos, que ya no está, que se fue con la otra yo cuando rompimos nuestro amor. Después de todo lo que supe de vos, sé que no puedo romper tu intento de sobrevivir, de alejarte de mí y defenderte del resto para que no vuelvan a lastimarte.
No te preocupes, sé que no debo, que no puedo. Lo único para lo que serví toda mi vida es para poder reconocer mis errores y sé, que si volviera a buscarte te haría daño. Y dicen que el que ama sinceramente, debe dejar ir.
Nunca me voy a olvidar de vos. Mi corazón nunca se va a olvidar de lo que sintió con vos, nunca. Siempre vas a ser aquello que te prometí que eras para mí, la mejor historia que me inventé. Tanto amor, tantos sentimientos que salían de aquellas palabras enviadas a través de un celular me duelen demasiado, y me resulta imposible entender por qué todo termino de esa manera ¿sabes?
Pero ya no importa, ya no queda nada de nosotros dos. De aquellos idiotas embelesados por la ilusión.
Quizás me cueste mucho poder despedirme realmente de vos. De tu amor y tus recuerdos. Pero si puedo desearte paz, felicidad y mucho, mucho amor. Desde este punto del país, más lejos que nunca, te deseo lo mejor siempre. Extrañándote en el silencio.
Sé que esta carta no tiene sentido, sé que en realidad no es ni siquiera una carta verdadera. Es un papel escrito para mi amor invisible, un sinsentido de recuerdos enviadas a la nada, a quien no la leerá jamás. Sé que jamás sabrás que a pesar del tiempo aún te extraño, te extraño más que a nada amigo mío, aquel amigo que nunca lo fue en realidad porque eras mucho más. Te extraño más que nunca y no te puedo olvidar. Que seas feliz, pinche guión torcido.
“Do you have the courage? Do you have the courage to bring forth this work? The treasures that are hidden inside you are hoping you will say YES"
Cierra el libro. Apenas comenzó a leerlo y siente que ya no puede más, que debe detenerse y parar. Otra vez ese sentimiento tan absurdo que la vuelve a tirar hacia el suelo, aquella gravedad negativa que la detiene ante el miedo y la hace retornar a su zona de confort de la nada misma.
La traducción de lo que leyó golpea en su cara. La pregunta/frase que un poeta rebelde le dijo a una alumna tímida con dudas sobre si dedicar su vida al arte de la escritura: “¿Tienes el coraje? ¿Tienes el coraje para llevar a cabo este trabajo? Los tesoros escondidos en ti esperan que digas SI.”
No lo tiene aún. Pero lo tendrá.
Porque cada día que pasa siente aquella necesidad de hablar menos y escribir más. Porque cada comentario idiota que no puede evitar soltar le recuerda que convirtió su boca en un arma en contra de ella misma, cuando años antes el pincel era su flor de paz. Porque todo el mundo es libre de escribir y lo hace, aunque no para bien. Porque está cansada de leer a otros cumplir sus sueños y ella no poder avanzar más de un casillero a la vez. Y no puede más.
No puede seguir callando lo que su corazón grita desde que tiene memoria, lo que nació aquel día en que su madre puso en sus manos un ejemplar de “Crónica de una muerte anunciada” de Márquez en vez de una muñeca con vestido exageradamente rosa. Lo que le generaba cada página de Harry Potter leída a la madrugada, a oscuras y escondida de sus papás. O la tristeza que sintió cuando tuvo que devolverle a su amiga los dos libros de Carlos Ruiz Zafón, tras haberse convertido en su autor favorito en la vida. Ya no puede seguir obviando lo que quiere y sueña ser desde chiquita y que tanta vergüenza le dio compartir con el resto por miedo a que alguien se burle de ella.
Sabe que lo va a hacer mal. Se va a equivocar. Algunos días fallará, no escribirá, no leerá y abandonará el deseo de crecer. Pero no importa. Porque decidió que esta vez, lo va a intentar y no va a rendirse.
Porque ya no puede más, porque SI, tiene el coraje de encontrarse con aquellos tesoros que están escondidos. Sean malos o buenos… ¿Cómo va a saberlo si no lo intenta? ¿No?
